Pequeños gestos hacen grandes rasgos

Día Mundial de África

EN COLABORACIÓN CON OAN INTERNATIONAL

Hace casi tres décadas, Fukuyama escribió “El fin de la historia”. Dicha obra auguraba el total monopolio del poder mundial por parte de la ideología capitalista, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva. Con los fantasmas que solían recorrer Europa enterrados, cierto es que el mundo ha avanzado a pasos agigantados desde entonces; sin embargo, también lo han hecho los conflictos y las desigualdades globales, acentuando, más que nunca, las divisiones “Global North & Global South”. Noam Chomsky, en 1994, ya identificó a aquellos lobos con piel de cordero cuyos propósitos, tachados de promover los valores e ideales liberales y democráticos, no hacían más que perpetuar el viejo y tiránico orden mundial. Lamentablemente, lejos de estar más concienciados con tales injusticias y exigir un cambio más equitativo, la globalización y el mal llamado “fin de la historia” parecen haber creado lo que Herbert Marcuse denominó en su día como “hombres y mujeres unidimensionales”: seres incapaces de percibir la realidad más allá de su propio individualismo, alimentado principalmente por el consumo; en ocasiones, sino siempre, excesivo. Tales manías implican la absoluta y completa explotación de los recursos naturales en pos de satisfacer todos y cada uno de los deseos, ensalzados como sacrosantos, de la sociedad occidental. Con la maximización de la plusvalía como eterno axioma, la extracción de los recursos queda lejos de beneficiar a los países que la sufren, siendo, en muchas ocasiones, los estados más ricos en los mismos, aquellos con menores índices de desarrollo tanto económico como social. 

Los impactos políticos, económicos, sociales y medioambientales se tornan perfectamente tangibles en ciertos lares de América Latina, África y Asia. Concretamente, la segunda sufre, además, de la eterna parsimonia y marginación por parte de los medios de comunicación occidentales, comenzando en la generalización de sus estados bajo la etiqueta simplista de África como país -y no como continente-, para finalizar obviando tanto sus problemas internos, como los externos, derivados de unas relaciones comerciales injustas con los países más ricos. No obstante, la gran mayoría de los estados africanos no solo sufren sus propias condenas procedentes de la alta presencia de milicias armadas, conflictos internos y étnicos o altos grados de corrupción, sino que además han de lidiar y absorber los efectos más inmediatos de la crisis climática, propiciada, principalmente, por las grandes superpotencias occidentales. De esta forma, no es sorprendente que estados como Ghana alberguen el mayor vertedero electrónico del mundo sin ser estos sus principales consumidores. Así pues, la justicia poética brilla en los estados africanos únicamente por su ausencia. 

Sin embargo, la solución bien podría ser hallada en uno de los causantes del problema en sí: la globalización. El tan harto conocido proceso de acercamiento global ha permitido el desarrollo, expansión y proliferación no solo de pequeñas cooperativas locales, sino de inmensas organizaciones internacionales que tratan, de alguna manera, contribuir a la reducción de dichas desigualdades. Cierto es que muchas de ellas operan de una forma un tanto abrupta, realizando inyecciones de capital y creando un síndrome de dependencia, siendo, en muchas ocasiones, peor el remedio que la enfermedad. No obstante, otras ONGs, apuestan por un tipo de trabajo diferente, un trabajo muchísimo más lento, más pausado, pero más constante al fin y al cabo y, muy probablemente, con unos efectos más duraderos y asentados.

Estas pequeñas organizaciones no gubernamentales o cooperativas no temen ensuciarse las manos y, dicho impropiamente, tragar polvo. Muchas de ellas abogan por un modelo de cooperación bastante alejado de la premisa caritativa, harta mascada en las últimas décadas. Una muy buena amiga, compañera de proyecto y voluntaria en Ghana y Grecia, siempre me recuerda aquella célebre frase de Galeano, donde la caridad es humillante, pues esta es un ejercicio puramente vertical y, por ende, paternalista; mientras que la solidaridad, efectuada horizontalmente, es la forma necesaria de cooperación global. De esta manera, se contribuirá a mayores y más permanentes proyectos de desarrollo en las regiones más desfavorecidas del planeta.

Quizás, querido lector, para exponer a vuelapluma este modelo cooperativo, tomaré la total libertad de ilustrarlo mediante un ejemplo que me toca bastante de cerca. Se trata de la ONG de Cooperación al Desarrollo OAN International, fundada por jóvenes emprendedores y estudiantes y operativa en Nikki, una pequeña región situada al norte de Benín, desde hace unos cuantos años. Tuve, como al menos se jacta mi currículo, de poder realizar mis prácticas extracurriculares en los organismos centrales de dicha ONG. Allí, tuve la ocasión de conocer las entrañas de aquel entramado modelo de solidaridad que clamaba Galeano, pues OAN International, es la más fidedigna representación del mismo. 

En OAN International, desde sus comienzos, se negaron a formar parte del juego y se unieron a otras tantas iniciativas que, además de focalizar los objetivos en resolver problemáticas sociales, pretendían establecer modelos de negocio y emprendimiento sostenibles, tanto en el plano económico, como en el social y el medioambiental. Por ello, alzando la voz y tratando de mostrar que sí hay una alternativa, que otras dimensiones existen, y que, por supuesto, otra historia puede crearse; desarrollaron el proyecto de emprendimiento social llamado Nikarit, que tiene como base comercial la producción de productos cosméticos con base de manteca de karité. Dicho proyecto produce un triple impacto social en la comunidad beninesa de Nikki: empodera a las mujeres de la región, fomenta la práctica de comercio justo y responsable de forma bilateral entre España y Benín; y, por último, impulsa y fomenta el progreso de otros proyectos de desarrollo en Benín a través de OAN International.

Volviendo al proyecto en sí, Nikarit nace en un contexto un tanto complicado. Nikki, la región en la que se ha desarrollado el programa, es una de las zonas con mayores complicaciones con respecto al acceso a necesidades básicas de Benín y, por ende, del mundo. A su vez, hay que tener en cuenta que Benín es uno de los países más pobres del planeta, acentuando, todavía más, estas dificultades. Sin embargo, Nikki es un lugar especial, pues allí abunda la nuez de karité. Las mujeres recolectan dicho fruto y producen la manteca de karité. Lamentablemente, apenas gozan de un acceso a un mercado amplio donde vender su producción en condiciones justas, por ello, en OAN International vieron una oportunidad para abordar tal problema desde una aproximación o modelo estratégico diferente. Mediante el proyecto Nikarit, conectaron la oferta beninesa de manteca de karité con la creciente demanda española de tales productos cosméticos; todo ello, a través de un modelo de emprendimiento social. Para ello, compran la manteca a un precio justo a las cooperativas de mujeres que la producen, la comercializan en España y reinvierten la totalidad de los beneficios obtenidos en más proyectos de desarrollo para reducir las desigualdades sociales y económicas que sufre la sociedad beninesa de Nikki. Con Nikarit, no buscan sino contribuir y potenciar la autonomía de las mujeres de esta región beninesa, de manera que sean ellas el motor de cambio que propulse la mejora de las condiciones de las comunidades en las que viven.

El proyecto comenzó en 2016 con la realización de ciertas investigaciones acerca de la posibilidad de éxito en el desarrollo de dicho proyecto y, hoy en día, más de 100 mujeres pertenecientes a tres cooperativas distintas y de tres diferentes pueblos – Sansí Gandó, Besen Gourou y Monnon – participan actualmente en el proyecto. Esto les permite poder gozar de mayores alternativas laborales que antaño, con un mayor impacto en la sociedad en la que viven y aumentando sus salarios con notabilidad en comparación con las labores que solían realizar con anterioridad. Tal ha sido el efecto positivo del proyecto que, en 2020, dos pueblos adicionales se han unido a la iniciativa: Boudalhi y Barchegué. Tanto en Nikarit como OAN International creen que existe espacio de cambio, pero este no va a llegar solo. Hemingway dijo una vez que el mundo es un lugar tremendamente bello por el que merece la pena luchar; bien, luchemos por ese cambio más justo, luchemos y cooperemos todos a través de proyectos de emprendimiento social para devolver las oportunidades que en su día fueron arrebatadas a las regiones simplemente por una cuestión de latitud. Cooperemos todos juntos día a día, por ellos y por nosotros.

Iván Escobar Fernández

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